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martes, 11 de diciembre de 2018

Sesga, la aldea valenciana con 8 habitantes que mantiene conservada en el tiempo su primitiva identidad rural

Actualmente la aldea cuenta con 8 habitantes aunque llegó a tener hasta 271 habitantes en el siglo XIX según Pascual Madoz y hasta hace pocos años, no disponía de energía eléctrica -hasta 2001 ni agua corriente.

PUBLICADO: miércoles, 13 de junio de 2018

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Fuente: Valencia Bonita

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Una visita a Sesga, una pequeña aldea de 8 habitantes, os hará percibir la esencia perenne de un mundo aldeano y cotidiano que ha perdurado inalterado durante siglos en un recóndito pueblecito de montaña valenciana, en el Rincón de Ademuz, informan desde Valencia Bonita.

La aldea de Sesga, dependiente del vecino pueblo de Ademuz, es una pequeña comunidad de montaña a 1180 metros de altitud situada en las faldas de la sierra de Tortajada. De ella destacan, sobre todo, sus primitivas construcciones y las bellas panorámicas de todo el entorno, con sus prados de cereal y las cumbres dispersas alrededor de la población.

Es precisamente esta pervivencia de formas y prácticas constructivas tradicionales lo que confiere a Sesga, ofreciéndose al visitante como aula o museo abierto de la arquitectura vernácula del Rincón de Ademuz.

Uno de los puntos de referencia es el formado por la fuente, el abrevadero, el lavadero y la balsa, que dan servicio a sus habitantes y permiten el riego de la reducida huerta. Un elevado porcentaje de las edificaciones presenta un estado ruinoso, aunque en estos últimos años se están realizando algunas rehabilitaciones. Este conjunto combinado constituye una interesante obra de cantería.

La tejería, situada el extremo sur de la aldea y muy cerca del lavadero, es digna de visita, pues en este lugar se cocían materiales de construcción, como tejas y ladrillos, y el forrado de los cubos o lagares. En ella se conserva el obrador, la era, la balsa de decantación y el horno.

Por supuesto, también de gran importancia histórica es la Iglesia Parroquial de la Inmaculada Concepción, un edificio del siglo XVIII de medianas proporciones, con planta rectangular, nave única sin capillas, cuatro altares y presbiterio destacado, cubierto por una cúpula sobre pechinas decorada con pinturas de temas marianos; a la derecha se halla adosada la sacristía. La cubierta es a dos vertientes sobre estructura de madera y arcos diafragmáticos. En su exterior, destacan los contrafuertes laterales y su única portada adintelada.

De gran interés es también el edificio municipal que alberga la escuela, el horno de pan comunal, la barbería y el calabozo, todo ello fuera de uso en la actualidad, pero en bastante buena conservación. Por una escalera exterior se accede a la primera planta. Aquí se ubicaban la barbería, donde aún se puede contemplar una pequeña muestra del instrumental propio de este oficio, el calabozo y la escuela. Ésta conserva el mobiliario y material escolar. En la planta baja se halla el horno comunal, utilizado por los vecinos hasta agosto de 2004.

El pajar, los corrales, el horno de yeso, además de las primitivas construcciones residenciales, son otros de los puntos que os harán disfrutar de una visita única por sus rincones y callejuelas con el fin de poder descubrir por vosotros mismos la arquitectura vernácula ademucense.

Actualmente la aldea cuenta con 8 habitantes -aunque llegó a tener hasta 271 habitantes en el siglo XIX, según Pascual Madoz- y hasta hace pocos años, no disponía de energía eléctrica -hasta 2001- ni agua corriente.

Para llegar a Sesga, desde Ademuz, hay que dirigirse a Val de la Sabina. Bordeando la aldea hacia la derecha y cruzando la Rambla del Val el camino lleva, tras 8 km de fuerte pendiente, a Sesga.

La leyenda de la madre puta, recuperada por Yolanda Yuste

Cuenta la leyenda que, en la aldea de Sesga, vivía una mujer mala que gustaba hacer el mal y robar a los demás habitantes. La luna la observaba todas las noches mientras la mala mujer hacía sus fechorías. Una noche, la luna amenazó a la mujer con convertirla en piedra si volvía a robar. La mala mujer no le hizo caso y una noche robó un niño recién nacido. Al pasar por la ladera de la montaña la luna la vio y, tal como le dijo, la convirtió en piedra. Desde ese día los habitantes de la aldea de Sesga vivieron tranquilos y a la mujer de piedra la llamaron “la madre puta”.

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